No hay guía de la ciudad que hable de la pintoresca población de Somorrostro. En la nomenclatura barcelonesa, el Somorrostro aparece sencillamente calificado de playa. Y uno queda un poquitin sorprendido. Por dos razones: primero, porque no se entiende tan fácilmente eso de que, de Barcelona, ciudad marinera, se hable con tanta frecuencia para presentárnosla como una población cerrada al mar. Sin playas. ¡Pero si en el plano las hay incluso con nombres delicadamente sugestivos y hasta poéticos! Y luego—segunda razón de la sorpresa—, que es curioso eso de que unos cuantos centenares de ciudadanos no tengan existencia oficial. Trabajan, pasean se divierten, recorren las calles de la ciudad de punta a punta, y luego, al desembocar en sus hogares, se encuentran con que esos lugares no cuentan apenas nada en los núcleos urbanos. La barriada de Somorrostro—a cuatro pasos de la Ciudadela, a unos metros de la Barceloneta—tiene un vivir puramente fantasmático. Es decir, vive como de matute o contrabando.
SOMORROSTRO, NÚCLEO URBANO
Y, sin embargo—ese sin embargo que facilita a todo plumífero el paso de un capítulo a otro sin contraer grandes compromisos—, el Somorrostro es un núcleo de población importante. Un suburbio que no perderíamos nada con que desapareciese, pero que, de momento, reclama, con fuerza—pintoresca "y dramática la atención de cualquiera. Cuando uno se asoma a él, la impresión que recibe es tan honda, que no hay forma humana de traducirla exactamente. A poco, el paseante se serena, y lo que pudo ser una protesta se queda reducido a una humanísima resignación."Y se dedica, para distraerse, a buscarle al mar la linea del horizonte y a contar las motitas blancas de los veleros que lo salpican.
UNA GUITARRA, JUNTO AL MAR
A la espalda, hay una fábrica de gas. Sus tapias marginan este abigarramiento con su recta implacable, como una avanzada del orden. Otra frasecita que aquí ha sido escrita sin pizca de malicia. De la fábrica a la playa, media, en algunos trechos, un máximo de diez metros. En esos diez metros, una población heterogénea— compuesta de gentes de todas las regiones de España—vive y se mueve. Es decir: vive, simplemente. Y lo curioso—lo de curioso, en esta ocasión, también es un decir—es que todo lo hace alegremente. Cuando una de estas mañanas de julio, bajo un sol que achicharraba las espaldas, hemos desembocado en estos lugares, después de vencer un sin fin de obstáculos, de trepar por verdaderas montañas de desperdicios— pero, señor mío, ¿de dónde saldrán tantas latas vacías?—, y de salvar hasta treinta desagües nada cristalinos, nos encontramos en mitad de esta capital de la hojalata y del sommier, el primer síntoma de una existencia humana que ha llegado hasta nosotros es el rasgueo de una guitarra.
Avanzamos por unas callejuelas simétricas— simetría sí hay aquí, eso, sí—y llegamos hasta un anchurón que da a la playa. Tendida perezosamente en la arena, una chiquillería incontable; y a la sombra exigua de un barracón un hombre, sentado en el bordillo mismo de una silla, sigue templando su guitarra, indiferente en absoluto a nuestra presencia. Nadie se ha molestado lo más mínimo ante nuestra llegada. ¿Para qué?
SOMORROSTRO, MOTIVO PICTÓRICO
La mayoría de los habitantes de esta barriada son propietarios. Ellos mismos se han construido sus viviendas con materiales tan raros e imprevistos, que no hay una barraca que no tenga aire de mosaico romano. Por el color, sobre todo. Porque también hay color aquí. iVaya si lo hay! Y, por si era poco, el sol añade, con su juego de sombras violentas, recortando siluetas grotescas, una mayor riqueza cromática a esta paleta inmensa. Visto desde cierta distancia, el Somorrostro es un magnífico motivo pictórico. Y no es exagerado afirmar que más de un cuadro de Bragne y de Picasso carece de la variedad de formas que posee a manos llenas este suburbio barcelonés.
Alguna de estas barracas, incluso reúne ciertas comodidades. Claro que la comodidad mayor es la que les ofrece el mar, que sirve para todo, incluso para bañarse en él.
UNA ESTACIÓN VERANIEGA IGNORADA
¿Qué clase de gente vive aquí? iAh! Gente de paz. A unos les atrae ese simple hecho de ser propietarios. A otros los arroja la necesidad. Un tiempo, la excusa fue la escasez de viviendas; después, fue lo elevado de los alquileres; más tarde, la falta de trabajo hacinó familias enteras en estos lugares. De una barraca, nos dicen que sirve de cobijo a doce personas. La barraca, no obstante, ocupa un espacio no mayor de seis metros cuadrados. También tiene su parte el afán del ahorro. Hay—todavía, pero cada día menos—gentes que se llegan hasta nuestra ciudad, trabajan unos años—o un invierno—, y luego se largan hasta su lugarejo natal y adquieren, con lo que ahorraron, un trozo de tierra que les permitirá seguir viviendo libremente. Esto no es todo. Porque Somorrostro es también estación estival. Apenas aprieta el calor un tanto así, toda aquella playa se convierte en una ciudad populosa. Familias enteras trasladan su ajuar, o alquilan o montan un barracón, y pasan el verano tranquilamente, junto al mar, y envueltos en una sinfonía de olores que no figuran en ningún catálogo de perfumería
UN SUBURBIO PACIFICO
El mayor contingente de población lo ofrece la gitanería. Pero eso no quiere decir nada. Aquí no se observa ningún prejuicio racial. Cada uno vive por su cuenta y razón, sin preocuparse para nada del vecino. Esto sí que es digno de nota. A ver en qué lugar del mundo ocurre otro tanto. Claro que esto sólo es en teoría. En la práctica, cualquier muchacho que os salga al encuentro os contará, al detalle, la vida y milagros de quien se os ocurra. Pero lo importante no es esto. Lo que verdaderamente interesa es la paz absoluta que reina en estos barrios. Difícilmente se registra un altercado. La policía tiene poco que hacer por allí. De vez en vez, aparece, eso sí, un urbano que reparte entre los vecinos las hojas para el empadronamiento o para las cédulas. Su presencia despierta cierta prevención. Un ejército de criaturas semidesnudas sigue sus pasos, como dándose escolta. Luego, ya desaparecido, los vecinos se preguntan por la utilidad de aquellos papeles, que acaban sus días envolviendo desperdicios.
PESCADORES DE CAÑA
Lo que uno no acaba de explicarse es la afición desmedida que sienten por esta playa los pescadores de caña. Claro que la pregunta debió ser redactada de otra forma. Por ejemplo, por qué esta playa es tan rica en pesca. Porque la verdad es esa. Quizás es que aquí el cebo se hace innecesario. Como fuere, el espectáculo que ofrece esta fila interminable de pescadores encaramados en altos sillines, a todo lo largo de la orilla es de lo más pintoresco que puede darse. Con ese aire de filosófica resignación y con ese tesón magnífico que les caracteriza, son una buena imagen de aquella vida que se desarrolla a sus espaldas, a unos cientos de metros de distancia del centro de una ciudad ultracivilizada.
Autor: J. Ruíz de Larios (Artículo de La Vanguardia – Edición, sábado 6 de julio del 1935)





